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Cabañas
a Orilla del Lago
Cabañas Tunquelen
Nuestro complejo
se encuentra ubicado en el KM 11.3 Villarrica
Pucon, es decir a 10 minutos de Pucon,
a orillas del lago Villarrica...
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Puerto Varas
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Destinos
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Patagonia
La casa de las ballenas |
Está sentado detrás de un mesón. Es gordo, tiene barba canosa, usa un gorro azul de capitán y se ríe lento y profundo, como Jabba The Hut.
- Hola - le estiramos la mano.
- Hola. Van Gelderen - se presenta de inmediato con una sonrisa y ofrece débilmente su mano regordeta.
Van Gelderen es, en rigor, Mariano Van Gelderen. O más bien, el Gordo Mariano (59 años, un infarto), el pionero de los avistamientos de ballenas en Península Valdés, a la altura de Puerto Montt pero en la Patagonia argentina. El Gordo es porteño de tatarabuelos holandeses y se vino a esta zona a los 24 años con la idea de vender yerba (mate), pero al poco tiempo comenzó a navegar por los alrededores y puso la primera empresa turística dedicada al tema de las ballenas, Hydrosport. Claro que por estos días Van Gelderen casi no se embarca. Llegó a pesar 160 kilos y tiene una operación al corazón. Pero cuando lo hace, sus discípulos lo llaman "el rey". Arriba del bote, Mariano se ríe, cuenta historias, toma mate, vaticina cuando una ballena va a saltar o mostrar la cola - es experto- y de pronto, así de improviso, comienza a bostezar y se queda dormido.
Cuando Mariano llegó, en los setenta, había un número ídem de habitantes en Puerto Pirámides, el pueblito de la península. Por esos años, cuenta, vino Jacques Cousteau a filmar algunos documentales y él lo acompañó (aunque ahora lo pela porque, en resumen y para no latearlos, dice que el francés era muy vendedor de pomadas). Pero bueno, si Cousteau vino aquella vez fue por la misma razón que hoy lo hacen decenas de turistas, cientos en el verano: ver de cerca a los animales más grandes del mundo, antes de que se acaben. Y no sólo por eso, sino para estar en contacto con buena parte de la fauna marina y terrestre de la Patagonia, desde pingüinos magallánicos hasta orcas, desde guanacos hasta ñandúes. Todas especies protegidas en un área de 360 mil hectáreas tan amplias y solitarias que harían alucinar hasta al personaje de David Carradine en "Kung Fu".
La estrella del lugar, en todo caso, es la ballena franca austral. Esta especie es distinta que la ballena jorobada (que en Chile se puede ver, por ejemplo, en la isla Carlos III, en el Estrecho de Magallanes) o la azul, la más grande de todas y que en nuestro país habitaría frente a los fiordos de Chiloé. Digamos que, a primera vista, la ballena franca no es particularmente bonita. De cuerpo normalmente negro y con manchas blancas, su característica exclusiva son las callosidades que tiene sobre su cabeza y que están recubiertas de crustáceos, por lo que parecen una especie de tumores blancos. Son justamente esas callosidades las que permiten identificar a los individuos a lo largo de su vida.
Según los folletos informativos que circulan en Península Valdés, habría unas cuatro mil ballenas en la zona. Según el Gordo Mariano, las que se aproximan a las costas son unas seiscientas. Números más, números menos, lo importante es que por estos días es casi imposible no verlas. Está lleno de ballenas. Incluso se pueden ver desde la orilla de la playa y a pocos metros: para los que vengan viajando hacia Península Valdés y pasen por Puerto Madryn, el dato es llegar hasta la playa El Doradillo, ir bien abrigado y sentarse a admirar cómo decenas de ellas se ponen a nadar de espaldas o sacan sus aletas pectorales para deleitar a humanos deseosos de presenciar en vivo un fenómeno que, por más simple que sea, es realmente un lujo de ver.
La ballena franca mide entre 12 y 15 metros de largo y pesa entre 30 y 50 toneladas. Por eso es que impresiona tanto cuando a alguna se le ocurre saltar: la explosión en el agua es furibunda. Todo esto se puede ver sin problemas - aunque con suerte, pues no siempre hacen estas piruetas- desde los botes de las seis empresas que durante todo el día salen desde Puerto Pirámides con grupos de 18 pasajeros, argentinos, españoles y franceses en su mayoría. El avistamiento es a veces muy cercano, no como para llegar a tocarlas, pero sí lo suficiente como para impresionar y provocar risas nerviosas en el público.
- Durante muchos años estuvo el síndrome de Moby Dick en la gente, acerca de que las ballenas eran peligrosas y que podían botar embarcaciones- cuenta Rafael Benegas, otro experimentado ballenero con más de treinta años en la zona- . Pero desde los noventa, con todo el tema ecológico de protección, se perdió el miedo y el avistaje se puso de moda en todos lados.
Como la moda significa dinero, esta actividad es una de las principales fuentes de ingresos de Puerto Pirámides. O sea, aquí uno llega básicamente para ver ballenas, cuya mayor concentración se produce en septiembre y octubre, período en que, obviamente, suben los precios de las hosterías y cabañas. Por eso es que durante el invierno, cuentan los lugareños, el poblado está casi muerto.Y por eso ahora, con más gente, a los encargados de los botes se les ve tan contentos.
- ¡Atención, parece que una ballena está a punto de saltar! - anuncia Diego Moreno, capitán de Hydrosport, como si fuera el animador de un show estelar. Todos los pasajeros dan vuelta la cabeza, ansiosos. La ballena salta.
Más tarde presenciamos en vivo y en directo a un grupo de ballenas en pleno acto sexual, revolviendo las aguas. Justamente, es en esta época cuando estos gigantescos mamíferos se dedican a conservar la especie. Y ahí es cuando nos enteramos, por medio del capitán, de datos curiosos como que una hembra tiene en promedio una cría cada tres años; que los machos cooperan entre todos para poder fecundar a una hembra; que su pene puede medir hasta dos metros; y que sus testículos pesan una tonelada, claro que no están a la vista pues los esconden dentro de unos pliegues de piel, por un asunto de protección.
Con tantos argentinos arriba del bote, es imposible que alguno no corone esta lluvia de datos con un chiste:
- ¡Che, este sí que es boludo!
Península Valdés fue declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1999. A estos lugares los argentinos le llaman "reserva faunística". El punto principal es Puerto Pirámides, pero hay otras zonas bastante más alejadas donde sólo hay un par de casetas con guardafaunas que pasan todo el año, a veces más solos que un dedo gordo, vigilando que la gente respete la flora y la fauna del lugar.
Para ir a sitios como Punta Norte, donde en verano llegan las orcas a atacar a los lobos marinos; Caleta Valdés, que tiene una gran colonia de elefantes marinos a partir de septiembre; o Punta Delgada, donde hay un apostadero de lobos marinos de un pelo, hay que contar con un auto. Las distancias son largas y hay que transitar por caminos de ripio: lo bueno - y lindo- es que durante el trayecto es posible toparse con grupos de guanacos, con furtivas liebres patagónicas que se pierden entre los pequeños arbustos de la pampa, o decenas de corderos que han salido de sus estancias. Lo malo es que, por lo mismo, existe el peligro de chocar con los animales o volcarse. Por eso es que, aparte de flora y fauna autóctona, lo que más se ve en el camino son letreros con advertencias para manejar más lento, no frenar de golpe y todas esas cosas que cuando no se respetan se convierten en el relleno de los noticieros fomes de un domingo en la tarde.
Si uno anda a pie, lo mejor es salir a caminar por las cercanías. Puerto Pirámides tiene el encanto de los pueblitos de una sola calle, donde todo se encuentra al paso: las hosterías, los almacenes, la posta, la bomba de bencina, la escuela, el clásico locutorio y las empresas de avistamiento y buceo. Salvo en el verano, cuando dicen que llegan miles de personas, y salvo las ventoleras que de repente se producen, aquí no pasa nada. Los únicos bares con algo de movimiento son La Estación y el Café Arte, donde hay internet. Para que quede claro, difícilmente el programa "Wild on!" del canal E! filmaría en Península Valdés algunos de sus capítulos. Y eso es justamente lo que se agradece (aunque no estaría mal ver una ballena al lado de Brooke Burke, la conductora).
El paisaje de Puerto Pirámides llama la atención por su aridez. De hecho, este lugar se llama así porque hay una curiosa formación rocosa que fue erosionada por el viento y que tiene forma de pirámide. Caminar por la playa mirando esta geografía, ir encontrando fósiles y ver cómo vuelan los pájaros puede ser perfecto para quienes gustan de las cosas esencialmente tranquilas.
Una actividad más movida es el sandboard o deslizamiento por las dunas, que aquí les llaman médanos. La pionera del asunto es una chica argentina llamada Malena que vive en una casa rodante, y que también es guía de buceo y ha sido capitán de barcos de avistamiento, entre otras cosas. Hace de todo, como muchos aquí: de hecho, con el auge de las ballenas y el ecoturismo, este lugar se ha transformado en uno de los sitios escogidos por muchos jóvenes argentinos para hacer trabajos de temporada, quienes las ofician de meseros o recepcionistas por el día y luego de guías turísticos por las tarde.
Pero volvamos a las ballenas, nuestras amigas a estas alturas. Una tarde frente al puerto, y acompañados por un mate, el ballenero Rafael Benegas cuenta que mucha gente ha venido hasta Puerto Pirámides para hacer terapia sicológica con estos animales.
- Las ballenas son animales magníficos que te movilizan muchas cosas. Son especies ancestrales, portadoras de lo antiguo. Cuando las ves es lo mismo que estar frente a una gran montaña, ¿me entendés?
Le pregunto sobre su avistamiento más espectacular en todos estos años. Entonces Rafael suspira, bebe su mate, baja un poco la voz y recuerda:
- Fue en 1996, una vez que estaba conduciendo un avistaje con un grupo de niños discapacitados. Había dos niñas ciegas. El día estaba precioso, el mar muy tranquilo, y de pronto apareció una ballena enorme cerca de nosotros. Levantó la cola y la metió dentro de la lancha. Todos se abalanzaron a tocarla, y caían las gotas de agua. Las niñas pudieron sentirlas. Yo creo que fue la forma en que la ballena se comunicó con ellas.
Jorge Depasquali, uno de los guardafaunas más antiguos de Península Valdés y que trabaja en Punta Pirámides, una zona de reproducción de lobos marinos de un pelo, también tiene historias notables.
- Estaba en mi casa una tarde y de pronto sentí un ruido furibundo que me sobresaltó. Me paré y entonces supe qué era: una orca iba persiguiendo a una ballena, y ésta arrancaba desesperada y lanzaba chorros de agua. Fue algo muy impresionante.
Mientras Depasquali cuenta la historia, el Gordo Mariano está a su lado, dormitando. Pero de pronto abre los ojos y asiente:
- Sí, sí. Las orcas se mueven así (e indica moviendo sus manos en semicírculos). Son muy rápidas.
- Gordo, ¿alguna vez ha pasado que una ballena choque contra un bote? - le pregunto antes de que vuelva a hibernar.
- No, eso pasa sólo con un capitán que no sabe conducir bien la embarcación - responde subiendo la voz- . A mí no me salió una ballena de improviso en los 35 años que llevo navegando. Y eso lo aprendí después de comerme diez años mirando ballenas. Aquí han llegado balleneros que saben la teoría y que de un día para otro se tiran al mar, pero el aprendizaje siempre es algo de uno. Está en la práctica, en observar el comportamiento de las ballenas. No es fácil ser un capitán Ahab.
El Gordo Mariano no está obsesionado con matar una ballena, como el protagonista de Moby Dick, el clásico de Herman Melville. Pero de cierto modo, por su aspecto y experiencia en el tema, es como el capitán Ahab de Península Valdés. Le pregunto si es fanático del libro. Y me dice que sí, que le gusta, pero que lo leyó cuando chico, mucho antes de llegar a la zona y convertirse en ballenero. Y en leyenda.
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